Tom Kenyon
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Cuando Nuestros Instintos se Equivocan

Era un día australiano perfecto, cielos claros con nubes blancas esponjosas y suaves. El aire era fragante, y nos sentíamos bien a pesar de que la Aduana había requisado nuestros tambores nativos por ser posibles armas terroristas. Parece que alguien decidió que los cueros crudos podían usarse para contrabandear antrax. Tratamos de convencer al funcionario de que eran cueros curtidos, pero no hubo caso. Los requisaron y nos cobraron un arancel por almacenaje. Si los  queríamos entrar al país ellos los rociarían con pesticidas y otros químicos, y también les darían radiación.  Elegimos que los requisaran.

Pasamos la noche en la posada B&B y a la mañana siguiente empacamos para ir al norte. Judi notó un pájaro interesante en el patio, parecido a una urraca pero con marcas diferentes. Al describirlo a nuestra posadera, nos dijo “Ah, sí, es un pájaro carnicero”.

Yo iba manejando, salimos del estacionamiento al carril izquierdo de la calle, no al derecho. Ellos conducen del otro lado de la ruta con respecto a como lo hacemos en los Estados Unidos, clara señal de que el Imperio Británico ha estado allí.

Después Judi me contó que estaba a punto de mencionar que vio al pájaro carnicero, esperando que no significara que iban a descuartizar a alguien. Estábamos en un camino angosto rural, pasando por campos abiertos de pastura.  Para tomar una curva, me fui sobre el carril derecho. Entonces ví que venía un coche. Estuvo encima antes que yo tuviera tiempo de frenar.

Mi cerebro institntivo tomó el mando.  Como veterano de treinta años de conducir, nunca había tenido un accidente, había evitado varios accidentes exitosamente y nunca me habían puesto una multa por alta velocidad (excepto el día que saqué mi licencia a los dieciocho años). Mis instintos se habían afinado en estos muchos años de conducir, y yo doblé fuerte hacia la derecha. No había banquina y me dí contra una ladera. Parte de nuestro vehículo quedó sobre la ruta.

Los instintos de ella le ordenaron doblar hacia la izquierda, y nuestros dos coches chocaron. Recuerdo toda la cosa como extremadamente surrealista.  Ví cómo nuestros coches chocaban en cámara lenta.

Las delanteras de ambos coches se hundieron con el impacto y de repente todo quedó mortalmente quieto. Los únicos sonidos eran de los líquidos que perdían los autos y el silbido del polvo volando en el aire. Pensé que nuestro coche se incendiaba porque ví humo por todos lados, pero resultó ser el polvo químico del airbag roto. Le dije a Judi que teníamos que salir del auto. Di la vuelta para abrirle la puerta que se había aplastado con el impacto. Me las arreglé para abrir y aydarla a salir. Estaba sacudida, como yo, pero podía caminar – más o menos.

Fui al otro coche para ver cómo estaban el conductor y sus pasajeros. La conductora estaba sola y, aunque atontada, no tenía heridas serias tampoco.

Una mujer que pasaba paró su coche fuera de la ruta para ver si necesitábamos ayuda. Otra mujer de una casa cercana también ofreció ayuda. Juntos ayudamos a Judi y a la otra conductora a llegar al patio de esta mujer, donde nos ofreció sillas y agua. Me dolía la cabeza, pero me di cuenta de que los coches estropeados estaban en un lugar precario donde no eran visibles. Salí a dirigir el tráfico para no hubiera otro accidente además del que ya había sucedido.

Fue entonces cuando pude ver mejor cómo estaban los coches. La otra conductora dijo a la policía que estimaba que estaba yendo a 90 km. por hora y que yo iba a unos treinta. La velocidad combinada suma 120 km. por hora, y los coches lo atestiguaban. Ambos estaban arruinados y yo me preguntaba cómo diablos habíamos podido salir caminando de ellos. Por lo que veía, calculé que tendríamos que haber muerto todos, o que estaríamos deseando estar muertos.

Sospecho que todos nuestros guardianes y ángeles habían trabajado horas extras para protegernos. Judi había pegado con la cabeza en el parabrisas y lo había quebrado, pero milagrosamente no se había roto el cráneo. Aparte de algunos raspones, la mayoría causados por el inútil airbag, yo creía estar bien. La otra conductora estaba ilesa también, excepto por los raspones de su airbag y algunos moretones en los brazos.

Después de salir del hospital, Judi y yo nos alojamos en un hotel para acomodarnos y luego fuimos a dar una vuelta por el pueblo para hablar de lo que había pasado. Estábamos asombrados de no sentirmos demasiado mal. Podíamos pensar claramente, creíamos. Y las cosas parecían estar bien.

No nos dábamos cuenta de que estábamos en shock. Uno de los efectos colaterales del shock es que uno no siente.  El cerebro tiene un mecanismo antiguo que se activa cuando se instala el shock. Uno se desapega de sí mismo, y muchos de los receptores del dolor parecen adormecerse.

Al día siguiente nos dimos cuenta de que no estábamos tan bien como creíamos. El adormecimiento había pasado y ya podíamos sentir qué nos estaba pasando. Además, nuestro equipaje expresaba bien el grado del impacto sin necesidad de decir palabra. Los soportes habían saltado y las cerraduras de acero se habían trabado. Nuestros thangkas tibetanos, que habíamos comprado en Nepal, se habían salido de sus cajas de PVC, y el impacto había arrancado las tapas.

Durante las siguientes seis semanas deambulamos por una ciudad surfista llamada Byron Bay, demasiado doloridos y desorientados para hacer algo más que acostarnos y descansar.  Encontramos algunos profesionales talentosos, gracias a dios, y lentamente intentamos rearmarnos.  Humpty Dumpty se había caído de un muro, bueno, para ser más precisos, se había chocado con una pared… y todos los caballos y caballeros del rey no alcanzaban para armar a Humpty Dumpty de vuelta (N.T. se refiere a una rima infantil popular).

Para mí este accidente fue una confrontación extrema. Desde que tomé Refugio en el Budismo, había hecho todo lo posible para practicar el no dañar. Nunca había hecho daño conscientemente a nadie, y si alguna vez había pisado los callos emocionales de alguien, había hecho lo posible para arreglar las cosas. Pero he aquí que había lastimado a dos personas con mis acciones. No sólo eso, sino que mis acciones había arruinado dos coches.

Después del accidente llamé a la agencia de alquiler de coches y el agente me respondió en una forma australiana típica – “Me alegra saber que está bien, amigo… Diablos, he estado en este negocio por más de trece años, y después del primer año dejé de llorar por un coche arruinado. Sabe, uno puede reemplazar un coche, pero no puede reemplazar a una persona. No se preocupe por esto, amigo. Si podemos ayudarlo otra vez, háganos saber.”

Pero mi consciencia todavía luchaba con el hecho de haber causado daño. No sólo eso, sino que me descubrí aislándome cada vez más. Estaba sumergiéndome en una depresión y tenía todos los síntomas: perturbación del sueño, falta de energía, no quería hacer nada y no me importaba un bledo de nada.

Finalmente empecé, de a poco, a enfrentar mis emociones en conflicto. Me habría gustado poder decirles que  atravesé mi depresión con facilidad y gracia.  Después de todo, soy un psicoterapeuta y tengo las habilidades para ayudarme a mí mismo. Pero ¡ay! Comprender un proceso emocional no exime de atravesarlo. La cosa extraña de la depresión es que a uno no le importa nada tener las habilidades necesarias para salir. La culpa es una cosa terrible y fascinante.

Todo el asunto se volvió más complejo porque tanto Judi como yo habíamos sufrido conmoción cerebral, no como para ser hospitalizados pero lo suficiente para que las cosas parecieran más raras que lo habitual. Al mirar atrás, creo que ambos estuvimos en diversos grados de shock por unas cinco semanas. Durante éstas, me encontré haciendo cosas que yo sabía que no me hacían bien, especialmente durante la depresión.

Yo no quería hacer nada y ciertamente no quería hacer nada positivo. De hecho, en la primera semana comí desordenadamente comidas gratificantes. Sabía que esa basura nutricionalmente inútil no era buena para mí, pero no me importaba.  Vean, yo tengo una “subpersonalidad” a la que llamo “el roedor”. Es una especie de hamster de 100 kilos con todos los recursos y la inteligencia que corresponde a su especie. Mientras él esté comiendo algo, todo está bien. De modo que cuando el mundo se pone muy raro, como sucedió después del accidente, él toma el control.  Empecé a encontrar la casa regada de envases vacíos de helado, caminitos de cáscaras de maní y otras cosas crocantes, como galletitas.

Qué maldita cosa es, en esto de ser humano, que cuando estamos bajo estrés extremo a menudo recurrimos a cosas y acciones poco ingeniosas que seguramente no mejorarán nuestra condición.

Para resumir esta larga historia, con ayuda de Judi finalmente me las arreglé para salir de mi basurero emocional.

A través de este “accidente” aprendí muchas cosas sobre mí mismo; una de ellas es el poder de las relaciones.

Hoy en día se habla mucho de las relaciones, tal vez porque nadie parece saber cómo manejarlas. Los pautas para nuestras relaciones provienen, para la mayoría de nosotros, de nuestros padres. Muchos de los que nacimos en el “baby boom” (N:T: alta tasa de nacimientos al terminar la segunda guerra mundial) crecimos con personajes televisivos como “Ozzie y Harriet”, y “Papá tien razón”.Pero estas formas de relacionarse básicamente apestan. No funcionan. Por supuesto, estos shows televisivos simplemente reflejaban la psiquis americana de su época. ¿No fue entonces que se inventó el plástico y el cuero artificial? Creo que también en esta época la gente empezó a tapizar sus sillones con vinilo. No se alentaba la honestidad emocional, y en “Ciudad Feliz”, en la TV, ni siquiera se consideraba una opción.

Los mensajes negativos sobre la honestidad emocional todavía abundan en nuestra sociedad, a pesar de la revolución sexual y de haber llevado a un hombre a la luna.  Esos tabúes contra la verdad emocional están profundamente instalados en muchos de nosotros.

Cuando Judi y yo finalmente pudimos decir nuestras verdades y expresar nuestros dolorosos sentimientos sobre el accidente, realmente empezamos a sentirnos mejor.

Aclaro que no puedo considerarme un experto en relaciones. Sólo puedo contar lo que funcionó o no funcionó para mí.  Descubrí que ser emocionalmente honestos con nosotros y con los demás es la mejor medicina para las situaciones difíciles de la vida.

Recuerdo un comentario que hizo la Magdalena con respecto a las relaciones justo unos pocos días antes del accidente. “La dicha de las relaciones es la apertura del corazón.  El trabajo de la relación es lo que emerge del corazón abierto.”  Lo que empezó a surgir de mi corazón era un montón de sentimientos conflictivos y de gratitud por seguir vivo, de asombro de que no hubiera muerto nadie, y de inquietud por saber “porqué” había pasado.

Ahora que han pasado años, he llegado a sentir que el “porqué” no es tan importante como el qué hacemos con eso.  Además, no se resuelve mucho con explicarnos una situación. Nuestras acciones con respecto a la situación tienen mucho más impacto.

Cuando empecé a atravesar el atolladero de sentimientos, la niebla gris que me había estado rodeando empezó a levantarse. Podía pensar más claramente. Una de las cosas que todavía me intrigan es la cuestión del institnto.

Yo había doblado hacia la derecha por instinto. Pero mis instintos se habían equivocado y me habían conducido a un curso de acción que en última instancia había sido destructivo.

Ahora bien: cuando nuestra vida está en peligro entramos en automático; nuestra mente instintiva toma el control. De hecho, nuestros instintos tienden a tomar el mando cada vez que nos acercamos al límite de nuestras capacidades. Esto es obvio en las situaciones parecidas a los accidentes de tránsito, pero no es tan obvio en nuestras vidas emocionales.

Sin embargo, ocurre algo muy similar. Cualquier cosa puede disparar una llegada al límite emocional: la pérdida del trabajo, la muerte de un ser querido, una discusión muy fuerte, un desastre nacional. Pero creo que nada nos lleva al límite emocional tan rápido ni tan a menudo como las relaciones.

Para algunos, los límites emocionales vienen de su relación íntima actual. Para otros pueden venir de sus amigos, sus vecinos, sus compañeros de trabajo, incluso de sus jefes. Los que son ermitaños tal vez enfrentan la más desafiante de las relaciones: consigo mismos.  Quiero decir: si eres un ermitaño, no puedes culpar a nadie de tus problemas, ¿verdad?  Sólo estás tú.

Las relaciones se parecen mucho a los espejos. Creemos que estamos viendo al otro, pero en muchos aspectos nos estamos viendo nosotros mismos.

Puede que ésa sea una de las razones para que las relaciones sean tan catalíticas y tengan el poder de perturbarnos.

La relación de América con el resto del mundo está peor que nunca. Muchos de nosotros nos sentimos bastante inquietos por los eventos nacionales y mundiales. Pero la relación de América con el resto del mundo es sólo una parte de nuestro problema.

Nuestra relación con la Tierra está en situación desesperante y el ecosistema muestra señales de agotamiento. Los lemures de Madagascar se extinguen, incapaces de reproducirse debido al estrés ambiental. Otros animales y plantas los siguen en rápida carrera hacia la extinción.

No sólo eso; nuestras relaciones mutuas están tensionadas. Aumenta la violencia en las rutas, los suicidios de adolescentes, los homicidios. El salvajismo sin sentido va creciendo.

Con tantas relaciones interpersonales, nacionales, internacionales y ecológicas en desequilibrio, el mundo vacila al borde del desastre. Todo esto es, por lo menos, profundamente perturbador.

Tengo un amigo budista que volvió hace poco a su casa en Asia después de visitar los Estados Unidos. Estaba profundamente preocupado.”El mundo se cae a pedazos,” dijo, “y me duele el corazón de pena.”

Muchos sentimos esto cada vez más, a medida que nuestra espiritualidad entra en intenso contraste con la condición en que está el mundo.

En situaciones como ésta, recuerdo las palabras de Sogyul Rinpoche, un maestro viviente Dozgchen del Budismo Tibetano:

“¡Si se te rompe el corazón, déjalo romperse!”

Creo que quería decir que podemos usar nuestros momentos de sufrimiento emocional para avanzar hacia nuestra iluminación. Todos los seres sufren de vez en cuando. Así son las cosas aquí. Pero cuando el sufrimiento se acerca a casa, nos apenamos.

Esa pena crea una apertura, aunque dolorosa, y todas las aperturas de nuestro corazón sirven para nuestra iluminación. Las historias que nos contamos sobre porqué sentimos tanta pena son sólo historias. Lo importante en el viaje espiritual es la transformación de los oscurecimientos que nos separan de la vida y de nuestra esencia espiritual. A veces las tristezas de la vida pueden derribar los muros de separación entre nosotros y el mundo más rápido que cualquier otra cosa.

No creo en profecías ni en la predestinación. No creo en adivinos ni en los que infunden miedo diciendo que el fin del mundo se acerca. Tampoco creo en la visión rosada de nuestro futuro. No creo que las cosas vayan a mejorar mágicamente ni que una nave insignia descienda de los cielos para protegernos de nosotros mismos.

Sí creo que estamos contemplando el colapso del mundo viejo. Aquellos que manipulan el poder basados en la antigua visión terrestre de la política y la economía están tirando de todas las palancas para conservarse en la cumbre del juego del monopolio. Estamos en medio de una revolución planetaria con tantos frentes y tantos temas diversos que es difícil abarcarlos. Pero todas las revoluciones traen sufrimiento y también liberación.

Cuando la revolución informática puso robots computarizados en los lugares de trabajo, miles de personas perdieron sus empleos. Sus vidas quedaron económicamente devastadas, algunos nunca pudieron recuperarse. Otros se capacitaron en nuevos campos y ahora están prosperando.

Con muchas cosas de la vida, lo que importa no es lo que nos pasa sino lo que nosotros hacemos con ello.

Lo más importante a recordar es que siempre tenemos poder de elección en cualquier situación. No importa que estemos conscientes de eso o no, que ejerzamos ese poder o no. Está siempre presente.

Cuando me volví insensible por efecto del “accidente”, me llevó varias semanas recuperar el sentido como para darme cuenta de que había tenido opción en la situación. Estaba en shock, en mi límite emocional. Mi mente instintiva me condujo a la aislación, lo que aumentó mi depresión.

Ahora bien: la depresión es sólo un intento de evitar sentir emociones que nos parecen inaceptables o demasiado difíciles de manejar. Entonces ponemos una tapa sobre nuestros sentimientos. El esfuerzo de mantener esa tapa sobre nuestras emociones demanda mucha energía, de hecho, tanta que nos deprimimos por el esfuerzo. (Nota: Esto rige para las depresiones que se originan en experiencias de vida específicas, como la muerte de un ser querido, la pérdida de un trabajo, etc. No rige para las depresiones causadas por desequilibrios químicos del cerebro.)

Como mis instintos que me habían hecho doblar hacia el “lado equivocado” de la ruta, mis instintos me estaban diciendo que doblara hacia adentro alejándome del mundo e incluso de mis sentimientos.

Pero fue el mundo de las relaciones y la verdad de mis sentimientos lo que me liberó de mi sufrimiento emocional después del “accidente”. Creo que ser honesto con uno mismo y con el otro respecto a nuestros sentimientos es una buena ayuda en medio de la tormenta.

Menciono esto porque creo que más y más de nosotros atravesamos una especie de shock cultural. Los cambios y peligros del mundo nos aparecen tan vívidos que muchos de nosotros nos adormecemos. Nuestros instintos nos dicen que dejemos de sentir.

Judi y yo recibimos emails de personas de todo el mundo contando que están en su límite emocional. La vida se les está volviendo demasiado difícil. Las relaciones enfrentan más desafíos que nunca, muchos sienten que sus vidas están desmoronándose.

Algunos se sienten incapaces para soportar el aumento en los niveles de violencia del mundo; otros están sencillamente hartos de luchar.

Como decía mi profesor de álgebra en el colegio: “Esto va a ponerse peor, antes de empezar a mejorar.” Desdichadamente, creo que ésta es una afirmación correcta sobre la situación mundial.  Puede ser que la revolución global termine liberando al espíritu humano, o que lo encarcele. Cualquiera sea el resultado, probablemente veremos muchos más conflictos y sufrimiento.

Tal vez nos deslizaremos por el ojo de la aguja y pasaremos a la próxima década ilesos. Tal vez no. Dentro de cien años , nuestros momentos de angustia y mayor tormento significarán muy poco. Lo que importará es cómo vivimos estos momentos, no por nuestra descendencia sino por nosotros mismos.

Porque en el mundo del alma, no hay tiempo. Al final, lo que importa es lo que hemos conocido de la vida. Las personalidades y las situaciones que tanto nos atrapan ahora, regresarán al vacío del cual vinieron. Dentro de unos años todo esto parecerá una especie de sueño, cosa que en verdad es. Es un sueño que estamos creando y creyendo que es real. Desde la perspectiva del alma, las cosas importantes de la vida no son lo que nosotros creemos. Las cualidades del corazón y de la mente que desarrollamos al vivir son el tesoro – no las cosas que hacemos ni las cosas que acumulamos.

Entonces, al final de nuestras vidas, cuando se nos retira de la Gran Rueda de la Vida, sólo habrá unas pocas preguntas. ¿Nos volvimos más compasivos o más odiosos? ¿Aprendimos a abrazar la vida, o hemos huído de ella?

Creo que éstas son las preguntas importantes. Requiere coraje espiritual conservar el corazón abierto, no lo duden. Pero no he encontrado nada tan gratificante.

No escondas tu corazón, sino que revélalo,
para que el mío pueda ser revelado
y yo pueda aceptar aquello de que soy capaz.
Rumi